NANCY, HISTORIAS DE SIEMPRE
Arien y Elanor.

Con la ilusión del primer día que llegaron nuestras nancys creamos este blog. Con él queremos compartir nuestros recuerdos y experiencias en el fascinante mundo de la infancia, lleno de magia, que recibimos de nuestros padres, dos seres maravillosos. Su amor y buen hacer hicieron posible que la felicidad de aquellos años perdure hasta nuestro presente, dejándonos así un valioso legado para transmitir a nuestros hijos...


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jueves, 28 de febrero de 2013

LEYENDAS DE ANDALUCIA

ARIEN

     Hoy 28  de Febrero día de Andalucía, será el comienzo de una serie de entradas dedicadas a tradiciones y leyendas sobre mi tierra. Estaran a cargo de una de mis niñas, Fátima, nombre moro y cristiano que como ella misma, morena de azules ojos, representa la unión de los pueblos y culturas de  Andalucía.
FELICIDADES A TODOS LOS ANDALUCES.


LEYENDA DE LAS TRES PRINCESAS.

En tiempos antiguos reinaba en Granada un príncipe moro llamado Mohamed, al cual sus vasallos le daban el sobrenombre de El Haygari, esto es, El Zurdo. Tres veces le destronaron, y en una de ellas pudo escapar milagrosamente al África, salvándose de una muerte segura, disfrazado de pescador. Sin embargo, era tan valiente como desatinado, y, aunque zurdo, esgrimía su cimitarra con maravillosa destreza, por lo que consiguió recuperar su trono a fuerza de pelear.
Paseando a caballo cierto día Mohamed, por la falda de Sierra Elvira, tropezó con un piquete de caballería que regresaba de hacer una escaramuza en el país de los cristianos. Conducían una larga fila de mulas cargadas con botín y multitud de cautivos de ambos sexos. Entre las cautivas venía una cuya presencia llamó la atención del sultán; era ésta una hermosa joven, ricamente vestida.
Prendose el monarca de su hermosura, e interrogado acerca de ella al jefe de la fuerza, supo el rey que era la hija del alcaide. Mohamed pidió la bella cautiva como la parte que le correspondía de aquel botín, y la llevó a su harén de la Alhambra.


Se inventaron en vano mil diversiones para distraerla y aliviarla de su melancolía; por último, el monarca, cada vez más enamorado de ella, resolvió hacerla su sultana. La joven cristiana rechazó en un principio sus proposiciones, pensando en que al fin era moro, enemigo de su país, y, lo que era peor, ¡qué estaba bastante entrado en años! Viendo Mohamed que su constancia no le servía gran cosa, determinó atraerse a la dueña que venía prisionera con la joven. Apenas el rey moro se puso al habla con ella, cuando vio su habilidad para persuadir, y le confió el emprender la conquista de su joven señora. Kadiga comenzó su tarea de este modo:
- ¿A qué viene ese llanto y esa tristeza? ¿No es mejor ser sultana de este hermoso Palacio adornado de jardines y fuentes, que vivir encerrada en la vieja torre fronteriza de vuestro padre? ¿Qué importa que Mohamed sea infiel? Os casáis con él, no con su religión; y si es un poquito viejo, más pronto os quedaréis viuda y dueña de vuestro albedrío; y, puesto que de todas maneras tenéis que estar en su poder, más vale ser princesa que no esclava. Cuando uno cae en manos de un ladrón, mejor es venderle las mercancías a buen precio que no dar lugar a que las arrebate por fuerza. 
Los argumentos de la discreta Kadiga hicieron su efecto y accedió al fin a ser esposa de Mohamed el Zurdo, y la dueña fue cuando tomó el nombre árabe de Kadiga y se le permitió permanecer como persona de confianza al lado de su señora. 
Andando el tiempo, el rey moro fue padre de tres hermosísimas princesas, habidas en uun mismo parto.
Siguiendo la costumbre de los califas musulmanes, convocó a sus astrólogos para consultarles sobre tan fausto suceso. Hecho por los sabios el horóscopo de las tres princesas, dijeron al rey, moviendo la cabeza: «Las hijas, ¡oh rey!, fueron siempre propiedad poco segura; pero éstas necesitarán mucho más de tu vigilancia cuando estén en edad de casarse. Al llegar ese tiempo, recógelas bajo tus alas y no las confíes a persona alguna.»


A los pocos años del nacimiento de las niñas, murio su madre, quedando éstas,  al cuidado de la discreta Kadiga. El monarca; tras el augurio de los astrologos, resolvió encerrarlas en el castillo real de Salobreña. Era éste un suntuoso palacio situado en la cima de una montaña. Allí permanecieron las princesas, separadas del mundo pero rodeadas de comodidades y servidas por esclavos que les adivinaban todos sus deseos. Tenían para su recreo deliciosos jardines llenos de las frutas y flores más raras, con arboledas aromáticas y perfumados baños. Por tres lados daba vistas el castillo a un delicioso valle, hermoso y alegre por su rica y variada vegetación, y limitado por las altas montañas de la Alpujarra; y por el otro lado dominaba el ancho y resplandeciente mar. 
En esta deliciosa morada, gozando de un clima plácido y bajo un cielo despejado, las tres princesas crecieron con maravillosa hermosura; y, aunque todas se educaron del mismo modo, daban ya señales prematuras de su diversidad de carácter.
Zayda, la mayor, era de espíritu intrépido, y siempre se ponía al frente de sus hermanas para todo.
Zorayda era apasionada de la belleza, tenía delirio por las flores, las joyas y por todos aquellos adornos que realzan la hermosura. 
En cuanto a Zorahayda, la menor, era dulce, tímida y extremadamente sensible, derramando siempre ternura, como se podía apreciar, por las innumerables flores, pájaros y otros animalitos domésticos que cuidaba con el más entrañable cariño. Sus diversiones eran sencillas, mezcladas con meditaciones y ensueños; se sentaba horas enteras en un ajimez, fija la mirada en las brillantes estrellas de una noche de verano o en el mar rielado por la luna. 
Así pasaron los años tranquila y dulcemente. La discreta Kadiga, a quien las princesas estaban confiadas, cumplía lealmente su custodia y las servía con perseverante cuidado. 


Hallándose en cierta ocasión sentada la curiosa Zayda en una de las ventanas del pabellón, mientras que sus hermanas dormían la siesta recostadas en otomanas, se fijó en una galera que venía costeando a mesurados golpes de remo. Cuando se fue acercando, observó que venía llena de hombres armados. La galera ancló al pie de la torre, y un pelotón de soldados moriscos desembarcó en la estrecha playa conduciendo varios prisioneros cristianos. La curiosa Zayda despertó inmediatamente a sus hermanas, y las tres se pusieron a observar cautelosamente por la espesa celosía de la ventana, que las libertaba de ser vistas. Entre los prisioneros venían tres caballeros cristianos ricamente vestidos; estaban en la flor de su juventud y eran de noble presencia; además, la arrogante altivez con que caminaban, aunque cargados de cadenas y rodeados de enemigos, manifestaba la grandeza de sus almas. Las princesas miraban con profundo y anhelante interés; y si se tiene en cuenta que vivían encerradas en aquel castillo, rodeadas de siervas y no viendo más hombres que los esclavos negros y los rudos pescadores, ¿cómo ha de extrañarnos que produjera una gran emoción en sus corazones la presencia de aquellos tres apuestos caballeros radiantes de juventud y de varonil belleza? 
-¿Habrá en la tierra ser más noble que aquel caballero vestido de carmesí? -dijo Zayda, la mayor de las tres hermanas-. ¡Mirad qué arrogante va, como si todos los que le rodean fuesen sus esclavos! 
-¡Fijaos en aquel otro, vestido de azul! -exclamó Zorayda- ¡Qué hermosura! ¡Qué elegancia! ¡Qué porte!
La gentil Zorahayda nada dijo; pero prefirió en su interior al caballero vestido de verde. 
A la discreta Kadiga contáronle ellas lo que habían visto, y aun el apagado corazón de la dueña se sintió también conmovido. 
-¡Pobres jóvenes! -exclamó-. ¡Apostaría que su cautiverio deja presa del más profundo dolor el corazón de algunas damas principales de su país! ¡Ah, hijas mías! No tenéis una idea de la vida que hacen estos caballeros en su patria. ¡Qué justas y torneos! ¡Qué respeto a sus damas! ¡Qué modo de enamorar y de dar serenatas! 
La curiosidad de Zayda se acrecentó en extremo, y no se cansaba de preguntar ni de oír de los labios de la dueña la animada pintura de los episodios de sus días juveniles allá en su país. La hermosa Zorayda se reprimía y se miraba disimuladamente en un espejo cuando la conversación recayó sobre los encantos de las damas cristianas; en tanto que Zorahayda ahogaba sus suspiros cuando oía contar lo de las serenatas a la luz de la luna

Todos los días renovaba sus preguntas la curiosa Zayda, y todos los días repetía sus historias la madura dueña, siendo escuchada por su bello auditorio con profundo interés y entrecortados suspiros. 
Al fin la astuta vieja cayó en la cuenta que tenía ya delante de sí, tres hermosísimas jóvenes casaderas. «Ya es tiempo -pensó la dueña- de avisar al rey.» 
El sultan, ordenó que prepararan una de las torres de la Alhambra para que les sirviese de vivienda y partió a la cabeza de sus guardias hacia la fortaleza de Salobreña, para traerlas él mismo en persona. 
Habían transcurrido diez años desde que Mohamed había visto por última vez a sus hijas, y no daba crédito a sus ojos.
Mohamed el Zurdo contempló a sus hijas con cierta mezcla de orgullo y perplejidad, y mientras se complacía en sus encantos recordaba la predicación de los astrólogos.

Preparó su regreso a Granada, enviando a la descubierta heraldos y ordenando que nadie transitase por el camino por donde tenía que pasar y que todas las puertas y ventanas estuviesen cerradas al aproximarse las princesas. 
Las princesas cabalgaban junto al rey, tapadas con tupidos velos, en hermosos palafrenes blancos, con arreos de terciopelo bordados en oro que arrastraban hasta el suelo; los bocados y estribos eran asimismo de oro, y las bridas de seda, recamadas de perlas y piedras preciosas. Los palafrenes estaban cubiertos de campanillas de plata, que producían una música muy agradable cuando iban andando. Pero ¡ay del desgraciado mortal que estuviese en el camino cuando se oyese el sonido de estas campanillas! Los guardias tenían orden de darle muerte sin piedad. 
Ya se aproximaba la cabalgata a Granada cuando se vio en uno de los bancos de la ribera del Genil un pequeño cuerpo de soldados, que conducían un convoy de prisioneros. Y era demasiado tarde para que se apartaran aquellos hombres del camino; por lo cual se echaron los soldados al suelo con los rostros mirando la tierra, y ordenaron a los cautivos que hicieran lo mismo. Entre los prisioneros se hallaban aquellos tres caballeros que las princesas habían visto desde el pabellón. Ya porque no hubieran comprendido la orden, ya porque fueran demasiado altivos para obedecerla, lo cierto es que permanecieron en pie, contemplando la cabalgata que se aproximaba. 
Encendiose el monarca de ira viendo que no se cumplían sus mandatos, y desenvainando su cimitarra y adelantándose hacia ellos, iba a esgrimirla con su brazo zurdo, golpe que hubiera sido fatal por lo menos parara uno, pero las princesas lo impidieron y rogaron por ellos.
-Castigaré su audacia; que los lleven a las Torres Bermejas y que los entreguen a los trabajos más duros y penosos.
Mohamed estaba cometiendo uno de sus acostumbrados desatinos zurdos, pues con el tumulto y agitación de esta borrascosa escena dio lugar a que se levantaran los velos las tres princesas, dejando a la vista su radiante hermosura; y con prolongar el rey la conferencia, proporcionó ocasión para que la belleza produjera sus estragos.
La regia cabalgata prosiguió su marcha; las tres princesas caminaban pensativas en sus soberbios palafrenes, y de vez en cuando dirigían una mirada furtiva hacia atrás, para ver a los cristianos cautivos, mientras éstos eran conducidos a la prisión que se les había destinado en las Torres Bermejas.
La residencia preparada para las infantas era de lo más escrupuloso y delicado que podía imaginar la fantasía: una torre apartada del palacio principal de la Alhambra, aunque comunicaba con él por la muralla que rodeaba la cumbre de la colina.


Por un lado daba vistas al interior de la fortaleza, y al pie tenía un pequeño jardín poblado de las flores más exóticas. Por otro lado dominaba a una honda y abovedada cañada que separaba los terrenos de la Alhambra de los del Generalife. El interior de esta torre estaba dividido en pequeños y lindos departamentos, lujosamente decorados en elegante estilo árabe, y rodeando a un vasto salón cuyo techo se elevaba casi hasta lo alto de la torre. Las paredes y artesonados hallábanse adornados con calados y arabescos que deslumbraban con sus doradas y brillantes pinturas. En el centro del pavimento de mármol había una fuente de alabastro rodeada de flores y hierbas aromáticas, y de la cual brotaba un surtidor de agua que refrescaba todo el edificio, produciendo un sonido arrullador. Alrededor del salón se veían suspendidas algunas jaulas formadas con alambres de oro y plata, y encerrados en ellas pajarillos de preciosísimo plumaje, que despedían gorjeos y trinos armoniosos.

Las princesas se habían mostrado de genio alegre en el castillo de Salobreña, por lo cual el rey esperaba verlas entusiasmadas en la Alhambra. Pero, con gran sorpresa suya, empezaron a languidecer y a tornarse melancólicas, no manifestándose nunca satisfechas en nada.
El rey, que era de carácter vidrioso y tiránico por temperamento, se irritaba por esto los primeros días; pero reflexionó después que sus hijas habían entrado ya en la edad en que el alma de la mujer se ensancha y se aumentan sus deseos. «Ya no son niñas -se dijo-; ya son mujeres formadas, y necesitan objetos que les llamen la atención.» Llamó, por lo tanto, a las modistas, los joyeros y los artistas en oro y plata del Zacatín de Granada, y abrumó a las princesas con vestidos de seda, de tisú y brocados, chales de Cachemira, collares de perlas y diamantes, anillos, brazaletes y con toda clase de objetos preciosos.

A pesar de todo esto, nada dio resultado; las princesas estaban pálidas y tristes en medio de tanto lujo y suntuosidad. El rey no sabía qué hacer,  así pues mandó llamar a la experimentada dueña. 
-Kadiga -dijo el rey-, deseo que averigües la secreta enfermedad que se ha apoderado de las princesas y que descubras los medios de devolverles la salud y la alegría. 
Kadiga, en términos explícitos, le prometió obediencia. Ella conocía mejor que las infantas mismas la enfermedad de que adolecían; y encerrándose con ellas, procuró ganar su confianza. 
-Mis queridas niñas: ¿qué razón hay para que os mostréis tristes y apesadumbradas en un sitio tan delicioso como éste, y donde tenéis todo cuanto el alma pueda desear? 
Las princesas miraron melancólicamente en torno del salón sin decir nada.. 
-¿Qué más queréis? ¿Por ventura quisierais que os trajera el admirable loro que habla todas las lenguas y que hace las delicias de Granada? 
-Entonces haré venir al famoso cantor Casem, del harén real de Marruecos. Dicen que tiene una voz tan delicada como la de una mujer. 
¡No! ¡No! -exclamó la dulce Zorahayda-; no hace falta,  hemos perdido la afición a la música. 
-¡Ay, hija mía! No diríais eso -dijo la anciana maliciosamente- si hubieras oído la música que yo oí anoche a los tres caballeros que tropezamos en nuestro viaje. Pero, ¡noramala de mí!, ¿por qué os ponéis, niñas, tan ruborizadas y en tal estado de turbación? 
-¡No es nada, no es nada, buena madre! Seguid, os lo rogamos. 
-Pues bien; cuando pasé ayer noche por las Torres Bermejas, vi a los tres caballeros descansando del rudo trabajo del día. ¡Uno de ellos estaba tocando la guitarra tan gallardamente... mientras los otros cantaban, alternando, con tal estilo, que los mismos guardias parecían estatuas u hombres encantados! ¡Allah me perdone, pero al oír las canciones de mi país natal, me sentí conmovida! Y luego, ¡ver tres jóvenes tan nobles y gentiles cargados de cadenas y en la esclavitud! 
-¿Y no pudierais, madre, procurarnos el que viésemos a esos nobles caballeros? -preguntó Zayda. 
-Yo creo -añadió Zorayda- que un poco de música nos reanimaría extraordinariamente. 
La tímida Zorahayda no dijo nada, pero echó los brazos al cuello de Kadiga. 
-¡Infeliz de mí! -exclamó la discreta anciana-. ¿Qué estáis diciendo, hijas mías? Vuestro padre nos quitaría la vida a todas si luego lo supiese. Además, aunque estos caballeros son bien educados y nobles, ¿qué importa? Al fin son enemigos de nuestra fe, y no debéis pensar en ellos más que para aborrecerlos.


Los cautivos cristianos, presos en las Torres Bermejas, estaban a cargo de un barbudo renegado de anchas espaldas, llamado Hussein Baba, que tenía fama de ser algo aficionado a que le «untasen el bolsillo», fue a verlo privadamente.
Apartir de aquel momento en el valle, que era profundo, sus voces se elevabaron claras y dulcísimas en medio del silencio de aquellas soñolientas horas del estío. Las princesas escuchaban -desde el ajimez, y como su aya les había enseñado la lengua de los seguidores de Cristo, se deleitaban en extremo oyendo las tiernas endechas de sus gallardos trovadores.
Cuando concluyeron éstos de cantar, las princesas quedaron silenciosas por un breve momento; pero a seguida Zorayda cogió su laúd, y con voz débil y emocionada, entonó una canción.
Desde entonces los caballeros eran traídos casi todos los días a los trabajos de la cañada. El considerado Hussein Baba se fue haciendo cada vez más indulgente, y cada día manifestaba mayor propensión a quedarse dormido en su puesto. Así, pues, se estableció una misteriosa correspondencia entre los caballeros y las enamoradas princesas por medio de romanzas y canciones, ajustadas a los sentimientos de unos y otras en cuanto era posible. 
Aunque tímidamente, las princesas llegaron a asomarse al ajimez, burlando la vigilancia de los guardias, y a conversar con sus enamorados caballeros por medio de flores, cuyo simbólico lenguaje era conocido de entre ambas partes, aumentando las mismas dificultades sus amores, pues sabido es que el amor se complace en luchar con la resistencia, y que crece con más vigor en el terreno que parece más árido y estéril.
Mas he aquí que esta telegráfica correspondencia se interrumpió durante unos días, pues no volvieron a aparecer los caballeros cristianos en el valle. En vano las tres hermosas prisioneras miraron dia tras dia desde lo alto de la torre.
-¡Ay, niñas mías! -gritó-. ¡Ya preveía yo en lo que vendría a parar todo esto; pero así lo quisisteis vosotras! Ya podéis colgar vuestros laúdes en los sauces, pues los caballeros han sido rescatados por sus familias.
-Consolaos, mis queridas niñas -les decía-; esto os parecerá nada cuando tengáis mi experiencia de las cosas del mundo. Cuando lleguéis a mi edad ya sabréis perfectamente lo que son los hombres. Juraría que esos caballeros tienen amores con algunas de las beldades cristianas de Córdoba o Sevilla, desechadlos de vuestros corazones. 
Empero, estas juiciosas reflexiones de la discreta Kadiga sólo servían para acrecentar la desesperación de las hermosas princesas.

-¡Quién hubiera creído capaz de tamaña insolencia a ningún ser humano! -exclamó tan pronto como pudo hallar palabras para expresarse-. ¡No me habléis jamás, en la vida, de tales caballeros cristianos! 
-Pero, ¿qué ha sucedido? -exclamaron las tres princesas con anhelante ansiedad. 
-¿Que qué ha sucedido? ¡Pues que han hecho traición, o, lo que es lo mismo, que me han propuesto hacer una traición!... ¡A mí, la más digna de confianza de cuantas ayas hay en el mundo! Sí, hijas mías; los caballeros cristianos se han atrevido a proponerme que os persuada para que huyáis con ellos a Córdoba, donde os harán sus esposas.
 Las tres hermosas princesas tan pronto se ponían rojas como pálidas. Al fin, la mayor de las princesas,  le dijo, poniéndole la mano sobre el hombro: 
-Y bien, madre; y si nosotras quisiéramos huir con los caballeros cristianos, ¿sería eso posible?
-¡Posible!... ¡Ya lo creo que es posible! ¿Pues no han sobornado ya los caballeros al renegado capitán de la guardia, Hussein Baba, y concertado con él el plan de evasión... ¿me vais a dejar aquí abandonada, para que sea yo la víctima de su venganza? 
-No, por cierto, mi buena Kadiga, ¿pues no podéis huir también con nosotras?
La escabrosa colina sobre la cual estaba edificada la Alhambra se halla desde tiempos antiguos minada con pasadizos subterráneos cortados en la roca y que conducen desde la fortaleza a varios sitios de la ciudad y a distantes portillos en las riberas del Dauro y del Genil, construidos en épocas diferentes por los reyes moros, como medios de escapar en las repentinas insurrecciones, o para salir secretamente a particulares aventuras.  Por uno de estos pasadizos concertó Hussein Baba sacar a las infantas hasta una salida más allá de las murallas de la ciudad, donde los caballeros se hallarían preparados con ligeros corceles para huir rápidamente con ellas hasta la frontera. 

Llegó la noche designada; la Torre donde moraban las princesas fue cerrada como de costumbre, y la Alhambra yacía en el más profundo silencio. A eso de la medianoche la discreta Kadiga escuchó desde el ajimez al renegado Hussein Baba, que ya estaba debajo y daba la señal. La dueña amarró el cabo de una escalera al ajimez y dejó caer ésta al jardín, bajándose luego por ella. Las dos infantas mayores la siguieron con el corazón palpitante; pero cuando llegó su turno a la princesa menor, Zorahayda, titubeó y tembló. Aventuró varias veces el apoyar su delicado y menudo pie en la escala y otras tantas lo retiró, agitándose tanto más su pobre corazón cuanto más vacilaba. Lanzó luego una mirada adictiva a la habitación tapizada de seda; en ella vivía, es verdad, como el pájaro aprisionado en su jaula, pero al fin allí se encontraba segura. Pero luego se le presentó la imagen de su galán amante cristiano, y puso de nuevo su piececito sobre la escalera; por último se acordó otra vez de su padre y lo volvió a retirar.
En vano le rogaban sus hermanas, regañaba la dueña y blasfemaba el renegado debajo del ajimez; la gentil princesa mora continuaba dudosa y titubeaba en el momento critico de la fuga.
A cada momento era mayor el riesgo de ser descubiertos. Se oyeron pasos lejanos.
-¡Las patrullas vienen haciendo la ronda! -gritó el renegado-. Si nos detenemos un momento más, estamos perdidos. ¡Princesa: descended inmediatamente, o, si no, os abandonamos! 
La infeliz Zorahayda se sintió presa de una agitación febril, y desatando la escala de cuerda con desesperada resolución, la dejó caer desde el ajimez. 
-¡Todo se ha concluido! -exclamó-. ¡No me es posible ya la fuga! ¡Allah os guíe y os bendiga, amadas hermanas mías!

Las dos infantas mayores se horrorizaron al pensar que la iban a dejar sola, y ya hubieran preferido quedarse; pero la patrulla se acercaba, el renegado estaba furioso, y se vieron llevadas atropelladamente hasta el pasadizo subterráneo. Anduvieron a tientas por un horrible laberinto cortado en el seno de la montaña, logrando llegar sin ser descubiertas a una puerta de hierro que daba fuera del recinto. Los caballeros estaban aguardándolas disfrazados de soldados moriscos de la guardia que mandaba el renegado. 
El amante de Zorahayda se desesperó cuando supo que aquélla había rehusado abandonar la torre; pero no se podía perder tiempo en inútiles lamentos. Las dos princesas fueron colocadas a la grupa con sus amantes, y la discreta Kadiga montó detrás del renegado, partiendo todos aprisa en dirección del Paso de Lope, que conduce por entre montañas a Córdoba. 
No se hallaban aún muy lejos cuando oyeron el ruido de tambores y trompetas en los adarves de la Alhambra. 
-¡Nuestra fuga se ha descubierto! -dijo el renegado.
-Tenemos ligeros corceles, la noche es oscura y podemos burlar la persecución -replicaron los caballeros.
Espolearon sus caballos y escaparon a través de la Vega, llegando al pie de Sierra Elvira, que se levanta como un promontorio en medio de la llanura. El renegado se detuvo y escuchó. 
-Hasta ahora -dijo- nadie viene en nuestro seguimiento; creo que podremos escapar a las montañas. 
Al decir eso brilló una luz intensa en la torre que servía para señales en la Alhambra.
-¡Maldición! -gritó el renegado-. Ésa es la señal de ¡alerta! a todos los guardias de los pasos. ¡Adelante! ¡Adelante! ¡Espoleemos con furor, pues no hay tiempo que perder! 
Corrían y corrían vertiginosamente, y el choque de las herraduras de sus caballos se repetía de roca en roca, conforme iban atravesando el camino que costeaba la pedregosa Sierra Elvira; pero al propio tiempo que galopaban vieron que la luz de la Alhambra era contestada en todas direcciones desde las atalayas de las montañas. 
-¡Adelante! ¡Adelante! -gritaba el renegado en medio de sus increpaciones y juramentos-. ¡Al puente, al puente, antes que la alarma haya cundido hasta allí! 
Doblaron el promontorio de la montaña y llegaron a la vista del famoso Puente de Pinos, que atraviesa una impetuosa corriente, teñida en mil combates famosos con sangre de moros y cristianos. Para mayor tribulación, en la torre del puente se veían numerosas luces y brillar en ellas las armaduras de los soldados. El renegado se alzó sobre los estribos y miró a su alrededor por un momento; después, haciendo una señal a los caballeros, se salió del camino, costeando el río hasta cierta distancia, y se metió dentro de sus aguas. Los caballeros previnieron a las atribuladas princesas que se sujetaran bien a ellos. Sentíanse, en verdad, arrastrados a alguna distancia por la rápida corriente, cuyas rugientes olas bramaban a su alrededor; pero las hermosas princesas se afianzaban bien a los caballeros cristianos. Por último, llegaron salvos a la orilla opuesta, y fueron guiados por el renegado a través de escabrosos y desusados pasos y ásperos barrancos por el interior de las montañas, evitando el pasar por los caminos de costumbre.

-¿Qué ha sido de Kadiga? -gritaron las princesas alarmadas.
-¡Sólo Allah lo sabe!, se ha caído en el río.
No había tiempo que perder para dolerse de aquella desgracia; con todo, lloraron amargamente las princesas la pérdida de su discreta consejera.
 Se sabe que consiguieron llegar a salvo a la tierra de los cristiano.
 De la reacción del padre de las princesas tras su traición nada se cuenta , pero si que tuvo buen cuidado de guardar a la hija que le quedaba, a la infeliz que no había tenido ánimos para escaparse. Se cree también, como cosa muy cierta, que la princesa se arrepintió de haberse quedado dentro de la torre, y cuentan que de vez en cuando se la veía apoyada en el adarve, mirando tristemente las montañas en dirección a Córdoba, y que otras veces se oían los acordes de su laúd acompañándose sentidas canciones, en las cuales se lamentaba de la pérdida de sus hermanas y de su amante, condoliéndose al mismo tiempo de su solitaria existencia. Murió joven, siendo sepultada en una bóveda debajo de la torre, dando lugar su fin prematuro a más de una leyenda.
Dicen que aún se la suele ver vagando, por los jardines encantados de la Alhambra.


Leyenda recogida por Wshington Irving en "Cuentos de la Alhambra" año 1829.

Fotografía, decoración y realización: ARIEN.
Vestuario: CASA ELANOR
Espero que os haya gustado.
Besos y abrazos
Arien.
.






















16 comentarios:

  1. Preciosa, linda historia, me ha encantado poder leerla, la verdad me ha hecho pasar un buen ratito, las imágenes además preciosas en consonancia con la bella leyenda, y la Nancy me ha enamorado, es preciosa, me encanta el conjunto azul que lleva, le queda lindísimo, y le favorece muchísimo, qué belleza!!! Es la Nancy gitana, verdad?, pero con los ojos azules está para amarrarla a la pata de la cama (jaja), está preciosa!!

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  2. hola arien. qué bonita historia, me ha gustado mucho cómo la has narrado y cómo has descrito a los personajes. las tres princesas se habían enamorado, y ése era un sentimiento que no podía satisfacerse con la belleza y los lujos de la alhambra. el amor no entiende de religiones ni de política.
    guapísima fátima, a quien le hiciste el trasplante de ojos que le quedó tan bien, y muy lograda la decoración árabe que la acompaña.
    besos

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  3. Preciosas historia y felicidades retrasadas por el dia de Andalucía. Oye, ..., la niña impresionante. !qué guapa está con ese conjunto! Una joya.

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  4. que bonita historia!!!
    Fatima está espectacular con esos ojazos azules. nos podrían sacar una así...

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  5. Un post precioso, por la muñeca que está preciosa, por la leyenda y, sobre todo, por la idea. Me parece una forma fantástica de promocionar lo nuestro. Enhorabuena, guapa, y muchos bezozzzzzzz.

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  6. Me he quedado enganchada hasta el final. Me encantó la Alhambra cuando la visitamos hace ya 3 años, creo recordar.

    Todo un placer leer este relato precisamente de manos del Sr. Irving, quién se alojó expresamente allí para poder sentir mejor la vida en la ciudad.

    Compré esos cuentos y gracias a ti me ha picado el gusanillo de leer algún otro.

    El traje realizado por Elanor es precioso, digno de una auténtica princesa mora.

    Un fuerte abrazo.

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  7. Que privilegio vivir en la Alhambra mientras recogía en su libro las leyendas de Granada, lo que no tuvo que ver o sentir bajo la luz de luna por aquellos pasillos y salas... pensaría que encualqier momento se chocaría con alguno de sus ancestrales habitantes.
    Mis padres me regalaron "Cuentos de la Alhambra" cuando era pequeña, los habré leido y releidos infinidad de veces,además me gustaba reproducir sus ilustraciones, he pasado muy buenos ratos con éste libro.
    Más adelante pondré más relatos asi que si no los leés en tu libro las verás por aquí. También leyendas y tradiciones de Sevilla, Almeria etc..
    A mi hermana le dí fotos de como quería el traje árabe y a ella le ha quedado de ensueño no sabíamos como iba a resultar a ganchillo, pero la verdad es que genial
    Abrazos.

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  8. Arien, no solo me ha gustado, me ha encantado. Me has tenido con el corazón en un puño hasta el final. Vaya historia más bonita y tu niña preciosísima.
    Besos.

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  9. Me ha encantado esta entrada!! La Nancy está divina, y me gusta mucho la historia. Orgullo de ser andaluza!!! Viva Andalucía!! Besos!!

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  10. Me ha encantado!!!!
    Besos

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  11. que delicia de historia yo estoy deseando conocer la Alhambra.. lo tengo en tareas pendientes jajajja

    bsss

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  12. Hola, no sé porque ahora no funciona la opción de "responder" de forma in dividual asi que lo haré aquí en un solo mensaje.

    María (Chabel):
    Me alegro que te haya entretenido el relato. Sí que es la flamenca, le cambié los iris nada más me la trajeron los reyes, tenía muchísimas ganas de tener una así desde que me enamoré de la nancy "Celebración" de las primeras de colección, y estoy contenta con el resultado, porque está guapísima y con ese traje de escándalo.
    Abrazos.

    Chema:
    Pensé varias cosas para la decoración y al final me quedé con esta y estoy contenta. La leyenda es preciosa desde chica la conozco pues tengo el libro, y aunque pensé en hacer mi versión la he dejado tal como la leí en mi infancia. Y sí que es verdad, el amor no entiende de nada
    solo de estar con el otro, es así de hermoso. Cuando se encuentra no hay que dejarlo marchar, es tan difícil dar con él...
    Un beso.

    Lucía:
    Gracias, me alegro haber acertado con la historia, y la niña me tiene muy contnta porque si ya era guapa, vestida de mora... me encantaaaaaaaa.
    Abrazos.

    Cotoky:
    Pues la verdad es que sí, cuando estabamos esperando la nueva nancy para la primavera pasada, yo hacía mis cuentas y me salía, por las que ya habían salido, que podía ser o rubia cerveza, morena o negri, y si era morena pensaba que le podía tocar ojos azules ya que habian salido castaños con la novia y presetación, bueno me quedé con las ganas y aunque es guapa de forma original le cambie los iris ya que estoy enamorada de nancy "Celebración" y estoy muy contenta porque está guapísima, destacan tanto los ojos del color del pelo, me encanta y así es la Fátima que yo buscaba.
    Abrazos.

    María Desaztre:
    Gracias shiquilla, mi idea es "pintar" Andalucía tal como es, una tierra cuajada de historia y cultura milenaria, lejos de esa imagen arcaica que venden las televisiones llena de estéreotipos y tópicos que de tanto repetirlos nos lo creemos hasta nosotros mismos.
    No sé si conseguiré algo, pero bueno, yo lo intento.
    Abrazos.

    Nancycherie:
    Que bién me alegro mucho, es que es una hermosa leyenda, como pone al final hay otras que derivan de esta, alguna pondré más adelante. Y con la niña estoy muy contenta es muy bonita.
    Abrazos.

    Marta:
    ¡Viva! y gracias estoy contenta de te guste.
    Abrazos.

    Manolina;
    Y a mí de que te haya gustado.
    Abrazos.

    Merchi:
    Disfrutaras cuando estés alli,la ciudad, la gente, no te pierdas ver el aterdecer desde el Albaicín, las vistas de la Alhambra son maravillosas y la Alhambra en sí de ensueño.
    Abrazos.

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  13. Yo soy catalana,pero tengo familía en Andalucía y me encanta,me fascina es tranquila serena y tiene algo que me enamora...

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  14. Mgf00, antes que nada BIENVENIDA a este blog. Que bién que te sientas agusto en Andalucía, que sigas viniendo y disfrutando de tu estancia entre nosotros.
    Abrazos.

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  15. Que leyenda mas bonita!!! y pobre hermana pequeña,
    bueno, pobres todos, que vidas tan azarosas.
    me ha recordado a todas aquellas poesías y canciones q sabíamos de pequeñas, la de las tres cautivas, la de las tres hijas del rey moro... ¿por qué siempre serán tres?
    Y me ha gustado mucho tu Nancyta así vestida...Está muy dulce y guapetona
    Un abrazoooo
    y gracias por este ratito tan majo que he pasado leyendo tu blog

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  16. ¡Qué embrujo tienen Los Cuentos de la Alhambra, desde que los leí de pequeña me han fascinado las historias de princesas árabes que siempre imagino por los jardines de la Alhambra entre el murmullo del agua y el aroma de las rosas.
    Conozco a varias granadinas que son morenas y con los ojos verdes y estos rasgos siempre los asocio a esta ciudad.
    Bssss.

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